miércoles, 14 de octubre de 2026

Herida Abierta (Con Román Sanz Mouta)

Abro un ojo, desorientada por la punzada del dolor que tardo unos segundos en ubicar. ¿Qué hora es? ¿Dónde? Mi cuarto, mi cama, el amanecer. Creo.

Un poco de sangre mancha las sábanas, se me ha abierto la herida de la mano. ¿Cómo? No importa, no todavía. Me incorporo, procedo. Prioridades.

Es difícil para una diestra usar la zurda para curar el corte que atraviesa de lado a lado la palma de la mano contraria.

Me aplico.

Escuece.

Vendas mal atadas pero que casi cortan la circulación y tapadas con manga larga

Ignoro el desayuno cuando suena el despertador adelantado media hora para visitar a la enfermera del piso de arriba. Una visita frecuente.

Entre medicamentos de estraperlo y revisiones clandestinas a primera hora, me ha ahorrado mucho tiempo en salas de espera en urgencias. No estoy bien. O no me permiten encontrarme bien.

El día transcurre como puede. Fugaz. Pesaroso. Repetitivo. La noche, la casa, la cama, los felinos. Le regalo ayuno a este día finiquitado.

Al ir a apagar la luz, el hocico completamente rojo del gato blanco me recuerda que debería revisar el camino al baño. No sé cómo se me ha pasado tal reguero carmesí por el pasillo. Por lo menos alguien paladea mi sufrimiento. 

Abro un ojo, desorientada por la punzada de dolor. Reitero el proceso. Una y otra vez. Las jornadas son clones gemelas. Cura, enfermera. La marcha. Los gatos, bien alimentados. El reguero escarlata extendiéndose por el piso.

Estoy trabajando en mi horario señalado con la tajadura bien tapada. Discreta. No necesito pensar para tan tediosa tarea, así que rememoro. He soñado algo turbio e intenso, quiero traerlo de vuelta, tirar del hilo onírico.

Vuelvo al hogar. Los felinos me reciben, único consuelo, no parco. Me refugio en ellos. A la cama. ¿Cuándo comí por última vez?

Tres de la mañana, misma punzada, misma laceración. Misma mujer que vive sin compañía humana y se apaña, como todas las noches, con total autonomía.

Mi madre no está orgullosa.

Que se llame a sí misma. Que se tenga como hija a sí misma y como madre a sí misma.

Las pezuñas del gato están dejando huellas ensangrentadas por todo el suelo. Flujo fresco, reciente, tibio. No sé, me parece demasiada cantidad derramada para tan poca hendidura perenne en la piel. El minino se relame.

Tengo demasiado sueño para pensarlo mientras limpio el gres. ¿No tuve ayer la misma sensación? ¿Ayer limpié?

Y, por cierto, ¿cuándo coño me quité la venda? ¿Qué hago durante los ocasos, cuando abandono a la desagradecida conciencia? No importa. Otra venda. Alimento para felinos y arriba.

Otra visita a la vecina.

Otro día currando.

Otro vendaje asegurando que no se derraman mis entrañas. (Sí, a veces puedo ser muy exagerada).

No le importa a nadie. No le importo a nadie. Se marcha el sol y llega la luna, otro número tachado en el calendario. Perdí la cuenta de los años, la edad, el sentido.

Trato de insertar un tentempié ligero en el estómago. Se cierra. Se niega. Amenaza con vómito. Desisto. Los gatos sí cenan, no se pierden una. Los envidio. De no ser por ellos…

No puedo dormir mirando mi mano fijamente, con una gata gris acurrucada en la corva de mis rodillas. Para algo sirve yacer en posición fetal. Bienvenido de nuevo, insomnio. ¿Seré capaz de hacerme daño en duermevela?


El gato blanco se quedó en el sofá después de su ágape.

También comparto espacio con un gato naranja, pero en esta historia no pinta nada.

Pasan las horas vacías…

Suena la alarma sin que haya pegado ojo y la herida ha permanecido cerrada a la par que vigilada. La venda prevalece.

Tengo un margen de imprevisibilidad dentro de esta extraña alborada. Y no sé en qué ocuparlo. Me dejo llevar.

¿Me estará esperando la vecina?

¿Acudo?

Mi jefa desde luego que sí.

Obligaciones. Responsabilidades. Consecuencias.

Percibo una lacra, el tiempo se derrama sobre mí segundo a segundo, martillo golpeando un yunque agostado que soy yo. Me acabo. No resisto más. Aguantaré. Es mi sino.

Al volver, soy capaz de cuidarme, otra vez, sin ayuda. No de comer, aunque carezca de hambre. Me examino. La costra empieza a ganar la batalla. Supongo que habrá alguna explicación a tanta apertura y desangrado, pero no tengo conocimientos para entenderlo, ya lo buscaré en internet. Dejo las comeduras de tarro para otro momento y me duermo tras los rituales comunes. Tampoco existe suficiente cafeína que pueda mantenerme alerta. Ya no me entra nada.

La punzada. A la misma hora, mismo minuto, mismo segundo. El chivato despertador no se contiene. Pero ¿puedo asegurar que no es la misma sangre? ¿Dónde coño están las gasas y esparadrapos que cubrían mi mano?

Nunca en el suelo, en la basura, en el váter. Lo reviso a diario. Desaparecen. Como yo. La herida se abre, como el agujero bajo mis pies que me traga lento.

El mismo gato blanco relamiéndose en la puerta de la habitación, esperando que la zarpa de su humana gotee por la casa. Me extraña que no suba a la cama para darse un festín rojo. ¿Y si hay algo en la cama? ¿Y si algo duerme conmigo?

La costra ha desaparecido y juraría que esta grieta quiere abrirse paso al dorso. Se extiende. Se corva. Está viva y tiene forma de sonrisa torcida. Me mira. Se burla de mí mientras insisto en parar la hemorragia medrante.

El pelaje del felino parece un clavel picotee cuando le veo subir de un salto al lavabo y me agradece tan suculento tentempié nocturno. Saborea. Ahora sí.

¿Bajaría la enfermera si me oyera gritar?

No me sale la voz, estoy perdiendo fuerzas y esencia al mismo ritmo que sangre.

Exangüe.

Me caigo.

¿Cuántas semanas tardarían en encontrarme, en que se apercibieran de mi ausencia?

Siento como pierdo el conocimiento poco a poco.

Ese agujero, pozo, abismo. Parecido en forma a la herida que corre por mi brazo.

¿Por qué cojones no tengo compañía que pueda levantarme?

¿Qué hacéis, gatos? Acudid a mí.

¿Dónde está mi caballero al rescate?

Mi madre estaría orgullosa de mis últimos pensamientos.

 

Septiembre 2026
Ester Sinatxe & Román Sanz Mouta

domingo, 9 de agosto de 2026

Encomendarse a otro santo

La casualidad,
las sábanas revueltas
y que no me importe haber pecado en otra equivocación.
Despertarme
con el movimiento ajeno
buscando tu boca en duermevuela,
como si tus manos siguieran habitando mi piel.

Reconocer al desconocido
mientras remacho tus clavos en mis estigmas.
Negar tres veces que tu nombre permanece en la punta de mi lengua.
Canta el gallo
y solo me queda admitir
que el conjuro para invocar tu olvido
deja de funcionar cuando amanece la resaca.

No son incompatibles
su saliva,
el recuerdo de tus dedos
y mi cigarro de después.

No sabía lo mucho que le gustan los tríos a tu fantasma.

9 de agosto de 2026
Ester Sinatxe


jueves, 23 de abril de 2026

Hasta aquí puedo llegar

876 días (hora arriba, hora abajo) desde la última vez que dejé que el verso se hiciera labio. ¿Pero quién tiene tiempo para contar los minutos?

En estos años se ha podrido el deseo, escondido en el baúl del desván. Oculto de la amenaza perpetua del doble filo del espejo. Y nada que reprochar,  yo misma me he acostumbrado a usar su reflejo para flagelar cada centímetro de mi cuerpo.

Obsesionada con purgar, en bucle, todos los males de esta caja de Pandora que habito.
Obsesionada con quedarme hueca.
Obsesionada con malcuidarme para validar por enésima vez, que mi piel no merece el tacto ajeno. Caricias acumuladas en las yemas de otros dedos, que al imaginarlas me golpean, me asfixian, me rajan… hasta que todo huele a hierro y me ahogo en el charco de mi propia sangre.

Huyo, rehúyo.

Casi 4 meses (cerveza arriba, cerveza abajo) desde que le han vuelto a salir alas a la pluma. ¿Pero quién tiene tiempo de contar los segundos platos?

Se oye el chirrido estridente de las rejas intentando abrirse, emociones muertasvivientes tirando de ellas, alargando sus brazos para llevarse a la boca mis entrañas en carne viva.

Sujeto, hasta clavarme bajo todas las capas de la dermis, las llaves de esta destartalada casa que okupo. No vaya a ser, que en un descuido, alguien pueda abrir mis 46 candados oxidados.

Las ganas, sedientas, me miran a los ojos.

Pero yo empuño la duda, la incredulidad, y me defiendo vomitando letras en estos polvorientos cuadernos. Y hasta aquí puedo llegar.

Cuando el máximo contacto que te permites es el del papel, no hay mano (en la cara, en la barbilla) que pueda desarmarte. 

22 de Abril de 2026
Ester Sinatxe


viernes, 2 de febrero de 2024

Duermo con gafas. La explicación.


Tengo hambre, siempre, hambre que me devora las entrañas hasta que el hueco se hace tangible.

Soy capaz de quitarme de encima todo el peso del mundo con tan solo dos dedos.

Acumulo diarios empezados por el final en un escritorio más que desordenado.

Puedo obsesionarme con cualquier canción aleatoria. Cuando suena Creep por quinta vez consecutiva pienso que I'm the weirdo in every fucking song, honey.

Nunca entendí por qué Dorothy quería volver a aquella casa en blanco y negro, abandonando el color de Ciudad Esmeralda.
Yo sigo andando en espiral por baldosas amarillas. Sin cerebro, sin valor. Pero con el corazón rebosante en las manos para poder lanzártelo sin piedad cada vez que nos encontramos.
Y es que mi hogar es el tornado, que me arrasa las venas pintándome de sangre los labios.

Me ha costado 40 años descubrir que sí existe alguien que comprende a los electroduendes, que la Bruja Truca la baraja del tarot para dejarme crear mi propio destino con los versos que me cuelgan del pecho.
Versos que no riman.
Versos que descansan todo el verano esperando que el otoño seque las hojas para dejarse caer, para precipitarse por la tinta del río que nace en la cima de la montaña de libros sin leer.

Duermo con gafas por si me despierto a las 3 de la mañana con ganas de escribir, poder distinguir a mi musa en la oscuridad, entre las líneas de las manos. Mis manos. Ojalá tus manos.

No sé cantar, pero me quedo afónica destrozando otra canción que se repite una y otra vez.
I hope you are the one who waits for me, honey.
Ojalá tus manos, Metallica, mi sofá.

Está claro que no sé hablar de mí sin hablar de ti, de vosotros, de todos, de mis gatos.
Que os llevo tatuados en la piel, en los ojos, en todos los posibles futuros que soy capaz de inventarme retorciendo la realidad. Viviendo de expectativas.
Y es que no tengo nada más preciado que compartir que mi soledad, mi independencia y la torpeza con la que cuido de mí misma, con la que derramo el café por las páginas en blanco de mis cuadernos. La torpeza con la que mis pies dejan huella enredándose entre ellos y consiguen que me vuelva a dar de bruces.

Cuidado que me rompo con facilidad, la facilidad con la que me vuelvo a reconstruir.

Ojalá tuviera la misma habilidad para poner(te) punto y final.

Ojalá tus manos.
I wish my hands between my thighs and a smile, honey.
Benditos Arctic Monkeys.

Bendito punto y seguido. 

1 de Febrero de 2024
Ester Sinatxe




domingo, 1 de octubre de 2023

A Manuela




Desconectada del móvil no queda más remedio que escribir.

Justo aquí donde mi veinteañera solía gritar en silencio suplicas para que la quisieran.

Silencio en la ropa, en el pelo. Silencio en el sexo.
Gritos de atención en el silencio.

Aquí donde nos han vallado los arcos revolucionarios de la independencia. Donde nos prohibieron vaciarnos el alma en las botellas, vaciar las botellas en las canciones llenas de recuerdos.

Este rincón circular de Madriz que nos fumábamos liados para acabar perdiendo los papeles.
De Madriz a la Vía Láctea, porque Madriz me mata. 

¡Ay Manuela! Tanto te hemos abrazado que el calendario se ha quedado parado en un Dos de Mayo sin año.
Siempre presente Manuela, incluso en las noches que celebrábamos que no había nada que celebrar. ¡Feliz no cumpleaños, Dosdemayo!

Ni soy la misma ni es la misma plaza, aunque el corazón de lata lata al ritmo de estas coordenadas.
[Inserte aquí las coordenadas cuando se conecte al móvil de nuevo]

Qué bonito se ve el mundo sin que sea a través de una pantalla. Tan bonito como cuando plantábamos nuestras horas en el cemento lleno de cristales y plásticos, esperando cosechar las estrellas de una noche eterna.

¿Alguna vez fue tan de día como hoy?
¿Alguna vez tuve 20 años menos?

Y es que me pesa que pase el tiempo, como pesan estas piedras en las que me siento.

Me pesa la libertad que nunca supe que tuve.


27 de Julio de 2023
Ester Sinatxe