Abro un ojo, desorientada por la punzada del dolor que tardo unos segundos en ubicar. ¿Qué hora es? ¿Dónde? Mi cuarto, mi cama, el amanecer. Creo.
Un poco de sangre
mancha las sábanas, se me ha abierto la herida de la mano. ¿Cómo? No importa,
no todavía. Me incorporo, procedo. Prioridades.
Es difícil para una
diestra usar la zurda para curar el corte que atraviesa de lado a lado la palma
de la mano contraria.
Me aplico.
Escuece.
Vendas mal atadas
pero que casi cortan la circulación y tapadas con manga larga
Ignoro el desayuno
cuando suena el despertador adelantado media hora para visitar a la enfermera
del piso de arriba. Una visita frecuente.
Entre medicamentos de
estraperlo y revisiones clandestinas a primera hora, me ha ahorrado mucho
tiempo en salas de espera en urgencias. No estoy bien. O no me permiten
encontrarme bien.
El día transcurre
como puede. Fugaz. Pesaroso. Repetitivo. La noche, la casa, la cama, los
felinos. Le regalo ayuno a este día finiquitado.
Al ir a apagar la luz, el hocico completamente rojo del gato blanco me recuerda que debería revisar el camino al baño. No sé cómo se me ha pasado tal reguero carmesí por el pasillo. Por lo menos alguien paladea mi sufrimiento.
Abro un ojo,
desorientada por la punzada de dolor. Reitero el proceso. Una y otra vez. Las
jornadas son clones gemelas. Cura, enfermera. La marcha. Los gatos, bien alimentados.
El reguero escarlata extendiéndose por el piso.
Estoy trabajando en
mi horario señalado con la tajadura bien tapada. Discreta. No necesito pensar
para tan tediosa tarea, así que rememoro. He soñado algo turbio e intenso, quiero
traerlo de vuelta, tirar del hilo onírico.
Vuelvo al hogar. Los
felinos me reciben, único consuelo, no parco. Me refugio en ellos. A la cama.
¿Cuándo comí por última vez?
Tres de la mañana,
misma punzada, misma laceración. Misma mujer que vive sin compañía humana y se
apaña, como todas las noches, con total autonomía.
Mi madre no está
orgullosa.
Que se llame a sí
misma. Que se tenga como hija a sí misma y como madre a sí misma.
Las pezuñas del gato
están dejando huellas ensangrentadas por todo el suelo. Flujo fresco, reciente,
tibio. No sé, me parece demasiada cantidad derramada para tan poca hendidura
perenne en la piel. El minino se relame.
Tengo demasiado sueño
para pensarlo mientras limpio el gres. ¿No tuve ayer la misma sensación? ¿Ayer
limpié?
Y, por cierto,
¿cuándo coño me quité la venda? ¿Qué hago durante los ocasos, cuando abandono a
la desagradecida conciencia? No importa. Otra venda. Alimento para felinos y
arriba.
Otra visita a la
vecina.
Otro día currando.
Otro vendaje
asegurando que no se derraman mis entrañas. (Sí, a veces puedo ser muy
exagerada).
No le importa a
nadie. No le importo a nadie. Se marcha el sol y llega la luna, otro número
tachado en el calendario. Perdí la cuenta de los años, la edad, el sentido.
Trato de insertar un
tentempié ligero en el estómago. Se cierra. Se niega. Amenaza con vómito.
Desisto. Los gatos sí cenan, no se pierden una. Los envidio. De no ser por
ellos…
No puedo dormir
mirando mi mano fijamente, con una gata gris acurrucada en la corva de mis
rodillas. Para algo sirve yacer en posición fetal. Bienvenido de nuevo,
insomnio. ¿Seré capaz de hacerme daño en duermevela?
El gato blanco se
quedó en el sofá después de su ágape.
También comparto
espacio con un gato naranja, pero en esta historia no pinta nada.
Pasan las horas
vacías…
Suena la alarma sin
que haya pegado ojo y la herida ha permanecido cerrada a la par que vigilada.
La venda prevalece.
Tengo un margen de
imprevisibilidad dentro de esta extraña alborada. Y no sé en qué ocuparlo. Me
dejo llevar.
¿Me estará esperando
la vecina?
¿Acudo?
Mi jefa desde luego
que sí.
Obligaciones.
Responsabilidades. Consecuencias.
Percibo una lacra, el
tiempo se derrama sobre mí segundo a segundo, martillo golpeando un yunque
agostado que soy yo. Me acabo. No resisto más. Aguantaré. Es mi sino.
Al volver, soy capaz
de cuidarme, otra vez, sin ayuda. No de comer, aunque carezca de hambre. Me
examino. La costra empieza a ganar la batalla. Supongo que habrá alguna
explicación a tanta apertura y desangrado, pero no tengo conocimientos para
entenderlo, ya lo buscaré en internet. Dejo las comeduras de tarro para otro
momento y me duermo tras los rituales comunes. Tampoco existe suficiente
cafeína que pueda mantenerme alerta. Ya no me entra nada.
La punzada. A la
misma hora, mismo minuto, mismo segundo. El chivato despertador no se contiene.
Pero ¿puedo asegurar que no es la misma sangre? ¿Dónde coño están las gasas y
esparadrapos que cubrían mi mano?
Nunca en el suelo, en
la basura, en el váter. Lo reviso a diario. Desaparecen. Como yo. La herida se
abre, como el agujero bajo mis pies que me traga lento.
El mismo gato blanco
relamiéndose en la puerta de la habitación, esperando que la zarpa de su humana
gotee por la casa. Me extraña que no suba a la cama para darse un festín rojo.
¿Y si hay algo en la cama? ¿Y si algo duerme conmigo?
La costra ha
desaparecido y juraría que esta grieta quiere abrirse paso al dorso. Se
extiende. Se corva. Está viva y tiene forma de sonrisa torcida. Me mira. Se
burla de mí mientras insisto en parar la hemorragia medrante.
El pelaje del felino
parece un clavel picotee cuando le veo subir de un salto al lavabo y me
agradece tan suculento tentempié nocturno. Saborea. Ahora sí.
¿Bajaría la enfermera
si me oyera gritar?
No me sale la voz,
estoy perdiendo fuerzas y esencia al mismo ritmo que sangre.
Exangüe.
Me caigo.
¿Cuántas semanas
tardarían en encontrarme, en que se apercibieran de mi ausencia?
Siento como pierdo el
conocimiento poco a poco.
Ese agujero,
pozo, abismo. Parecido en forma a la herida que corre por mi brazo.
¿Por qué cojones no
tengo compañía que pueda levantarme?
¿Qué hacéis, gatos?
Acudid a mí.
¿Dónde está mi
caballero al rescate?
Mi madre estaría
orgullosa de mis últimos pensamientos.
Ester Sinatxe & Román Sanz Mouta
Duermes con gafas y con felinos sedientos. Bien, Ester.
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