876 días (hora arriba, hora abajo) desde la última vez que dejé que el verso se hiciera labio. ¿Pero quién tiene tiempo para contar minutos?
En estos años se ha podrido el deseo, escondido en el baúl del desván. Oculto de la amenaza perpetua del doble filo del espejo. Y nada que reprochar, yo misma me he acostumbrado a usar su reflejo para flagelar cada centímetro de mi cuerpo.
Obsesionada con purgar, en bucle, todos los males de esta caja de pandora que habito.
Obsesionada con quedarme hueca.
Obsesionada con malcuidarme para validar por enésima vez, que mi piel no merece el tacto ajeno. Caricias acumuladas en las yemas de otros dedos, que al imaginarlas me golpean, me asfixian, me rajan… hasta que todo huele a hierro y me ahogo en el charco de mi propia sangre.
Huyo, rehúyo.
Casi 4 meses (cerveza arriba, cerveza abajo) desde que le han vuelto a salir alas a la pluma. ¿Pero quién tiene tiempo de contar los segundos platos?
Se oye el chirrido estridente de las rejas intentando abrirse, emociones muertasvivientes tirando de ellas, alargando sus brazos para llevarse a la boca mis entrañas en carne viva.
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Las ganas, sedientas, me miran a los ojos.
Pero yo empuño la duda, la incredulidad, y me defiendo vomitando letras en estos polvorientos cuadernos. Y hasta aquí puedo llegar.
Cuando el máximo contacto que te permites es el del papel, no hay mano (en la cara, en la barbilla) que pueda desarmarte.
22 de Abril de 2026
Ester Sinatxe

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